Al atardecer, mientras el sol se escondía tras la montaña, reposaba en calma su cuerpo, tumbada, sintiendo el olor a salado, a mar, a arena, a libertad.
Un bienestar la recorría de pies a cabeza, hacía tanto que no sentía esa tranquilidad!
A su alrededor la gente iba y venía, caminando o haciendo ejercicio por el paseo con sus mascotas. De repente, las voces se alejaron y solo quedó la brisa del mar, cómo se mecían las olas...
Inesperadamente, unos labios carnosos rozaron su cuello y gozó de unos besos lentos, suaves y tiernos.
Si el encontrarse en aquel estado armonioso era divino, aquello le hizo desconectar de todo lo que la envolvía y viajar a otro lugar.
Fueron pocos segundos... pero flotó por un instante, se sintió ligera, libre de toda pesadez...
Y tras esa sensación, una sonrisa permanente se esbozó en su rostro.
Ahora al soñar, solo pide que vuelva esa sensación cuanto antes, que no desaparezca y vuelva a tener cada día una sonrisa llena de felicidad.
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