Por fin lo entendió...
Tras tanto tiempo absorta en su torre, rodeada de fantasmas y temores que le impedían llevar a cabo ninguna decisión; mantenía la esperanza de su libertad con la llegada de alguien a lomos de un rocinante, que la sacase de aquel enclaustre perpetuo y le enseñase un mundo colorido e iluminado, lejos de todo aquello que se le hacía monótono y tedioso, aquello que para ella era su vida.
Y apareció... Dispuesto a darlo todo por ella, a hacer que el día fuera noche y la noche se tornase día, que el agua ardiese e incluso a conjurar un hechizo con tal de que las estrellas formasen su nombre; sólo por el simple hecho de que la princesa sonriera.
La llevaba siempre entre sus brazos, para que nunca le faltase la calidez, la euforia, la magia que ella tanto había anhelado.
Pero no le bastó... Cuando no tenía, maldecía su desdicha; y cuando conseguía, era insuficiente...
Presa de su descontento empuñó la espada de su amado y le pidió que se apartase, pues estaba dispuesta a irse, sin saber si volvería; pero segura de que el viaje que emprendería debía hacerlo sola.
Lo despojó de sus vestiduras, le quitó toda la seguridad externa de la que pudiera estar provisto. Fijó el yelmo a su cabeza y los ojos de su hombre buscaban una respuesta a tal acto, pero ella ya lo había decidido y la racionalidad había desaparecido por completo; se iría sola, sin él.
Atrás dejaba la felicidad encontrada, con cada paso que daba sabía que se separaba más de su rutina, de sus pensamientos respecto a la vida, y del hombre que fue el motivo de sus sonrisas...
Le abandonó, sin mirar atrás, pensando sólo en único propósito de mejorar ella como persona, para algún día poder disfrutar de sí misma y de quien la acompañase.
No esperaba que la esperase, no quería que la quisiese, pero sabía que permanecería en sus recuerdos más de lo necesario y menos de lo deseado...
Decidió adentrarse en el bosque, en su propia búsqueda. Sacó a relucir todos sus miedos, aquellos que la envolvían, decidida a purgar su propia mente para sanarse lo máximo que pudiera.
Y así, andando hacia lo desconocido, cogió a su primer miedo, la soledad; le dio la mano y empezaron a caminar. Miró a su derecha, y sonriendo a la inseguridad le tendió su otra mano para sustentarse en los dos primeros cambios que debía iniciar para poder prosperar.
Camino... La ciudad.