Cada semana los reyes abandonaban el castillo para marcharse a su casa de campo; aquél viejo paraje que ella había recorrido de niña, pasando las tardes entre árboles y ardillas, respirando aire puro y dejando volar su imaginación a través de aquel bello paisaje invadido por el silencio que en ocasiones le era escalofriante.
Pero tras el tiempo, la niña se sentía cansada al estar en la naturaleza, sus pulmones se achicaban al respirar aquel aire y su infantil imaginación quedó mermada a medida que crecía.
Sola en el castillo, como cada fin de semana; recorría las habitaciones buscando algo nuevo con lo que entretenerse, con lo que pasar las horas muertas que avanzaban lentamente.
Sentada en su poltrona, mirando hacia la ventana, zurcía el vestido de una vieja muñeca ya olvidada hacía años.
Si fuese tan fácil coser los pedazos rotos y sanar las magulladuras sentimentales como las físicas, en este mundo no existiría el dolor... pensó.
Continuó toda la tarde hasta entrada la noche zurciendo el vestido y peinando a su muñeca. Ni siquiera cenó, se estirazó en su cama y embelesada miró fijamente el techo y empezó a imaginar cómo sería su vida si tuviese a alguien que la quisiera y la cuidase. Imagino su vida sin soledad.
Se escabulló entre las sábanas frías, y mojando su almohada se quedó dormida soñando con un futuro lejano que por el momento, tardaría en llegar...
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