miércoles, 3 de agosto de 2011

Encandilada...


Acababa de volver de aquella pequeña ciudad y su pueblo natal se le hizo completamente desconocido. Sus ojos ya no admiraban la luminosidad de la iglesia de San Baudilio en horas nocturnas, por donde siempre le había gustado pasear. 

Andaba por su pueblo perdida, sin reconocer a aquella gente a la que cada día había visto durante tanto tiempo; y a sí misma se preguntaba: ¿Cómo pueden ser felices si no conocen la auténtica felicidad?
 
Para ella, aquel ya no era su pueblo, aquella no era una vida feliz; pues al igual que sus ojos no admiraban su preciada iglesia, su mente no reconocía aquellas calles como su barrio y su cuerpo no deseaba estar presente en aquel lugar…

Solo sabía que estaba atada por unas cadenas invisibles, que solo su mente podía volar y regresar a tan preciado paraje, que había sentido suyo durante una escasa semana.

Y ahora solo le aterra el pensar cómo sobrevivirá a esa metrópoli que ahora cree desconocer, cómo podrá fingir una felicidad completa en un lugar que no es aquél del que ella se enamoró. Cómo… Cómo… Cómo vivir sin estar en ella... Si le ha robado el corazón.

1 comentario:

  1. Entiendo perfectamente ese sentimiento. Sólo que la ciudad que a mí me provocó eso está más al norte en una isla en la que siempre está lloviendo... :p

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